Una ganadería con ganaderos

El debate abierto estos días en torno a la actividad ganadera y sus diferentes tipos me ha hecho recordar los años que pasé al frente de la Consejería de Medio Rural y Pesca del Gobierno de Asturias, una de las etapas de mi trayectoria política en las que más aprendí gracias a un excelente equipo de directores y, sobre todo, a los ganaderos asturianos.

Por eso asisto sorprendido a la exposición de argumentos que estos días se ponen sobre la mesa para equiparar los dos tipos de ganadería, la extensiva y la intensiva, llegando a afirmar que no existen diferencias entre ambas. Lo cierto es que existen y condicionan la calidad no solo del producto con el que nos alimentamos, sino también la sostenibilidad ambiental del medio en el que se producen.

Asturias, sus ganaderos, han tenido siempre claro el modelo por el que apostar. La ganadería extensiva ha moldeado de forma histórica nuestro paisaje y como tal es parte fundamental de nuestro medio rural y de nuestro entorno natural. Una de las cosas que es fácil advertir recorriendo las ganaderías de nuestra comunidad es que en Asturias los ganaderos no solo producen carne, sino que son también los mejores gestores de nuestro territorio. La actividad ganadera basada en la utilización de los pastos contribuye a fijar población en pueblos y aldeas porque genera empleo allí donde se ubican los recursos, constituye un elemento de conservación de la biodiversidad y es un agente que preserva la calidad del medio ambiente.

Dicho de otra manera, la ganadería extensiva ubica su producción en entornos naturales que contribuye a mantener y poblar, no en cualquier polígono industrial cercano a la M30; utiliza con frecuencia razas autóctonas y obliga a la coexistencia de ganado y fauna salvaje, conservando la biodiversidad; no contamina las aguas por infiltración de nitratos, porque no se producen concentraciones de ganado que colapsen la capacidad de absorción de las deyecciones por el terreno; y contribuye además a reducir la huella de carbono asociada a la actividad al aprovechar los recursos del entorno y no optar como primera opción por la importación de materias primas, como la soja, producidas a miles de kilómetros de nuestra tierra.

Estos elementos, junto a otros que reducen riesgos sanitarios al no hacer un uso abusivo de antibióticos, evitar los hacinamientos o garantizar el bienestar animal, hacen que la ganadería extensiva tenga unos atributos de calidad que en ningún caso pueden ser equivalentes a los de la ganadería intensiva, menos aún a los de las macrogranjas. De hecho, son precisamente las diferencias entre ambos modelos las que han servido de base para articular un discurso político común en toda la cornisa cantábrica, compartido mayoritariamente por las fuerzas políticas y organizaciones agrarias, tanto a la hora de elaborar las propuestas de reforma de la Política Agraria Común como a la hora de diseñar esquemas de calidad para que el consumidor pueda apreciar las diferencias y pagar un precio justo por ellas.

En Asturias siempre hemos tenido claro el modelo por el que apostar. En nuestra comunidad, el carácter familiar de muchas de las ganaderías aporta además garantía de futuro al dotar de continuidad a las explotaciones y estar menos sujetas a los vaivenes del mercado, muy condicionado por el precio de los piensos, los combustibles o la energía eléctrica. Pero mantener y consolidar nuestro modelo ganadero necesita un impulso decidido de otras políticas, entre ellas una adecuada gestión de la fauna salvaje, particularmente del lobo.

El plan de gestión asturiano, incluyendo la política de control poblacional en los casos necesarios, demostró que es posible hacer compatible la actividad ganadera con la conservación del lobo como especie. Retomar cuanto antes esta política, mejorando aspectos como la agilidad en el pago de daños a los ganaderos o la inversión en los sistemas de prevención -aspecto previsto, pero nunca desarrollado-, debe ser una prioridad en la agenda del Gobierno de Asturias, empleando todas las herramientas necesarias para lograr un equilibrio que nunca es sencillo de mantener.

No será posible un pacto social en el campo, con el territorio y los agentes que intervienen en él, que no contemple la gestión del lobo, como tampoco lo será aquel que no asuma la necesidad de gestionar el fuego. Aquellas políticas que la administración renuncie a impulsar serán un fracaso para el mantenimiento y la consolidación de nuestro modelo de ganadería extensiva y, con él, de la sostenibilidad económica, ecológica y social de nuestro territorio.

Hay debates que se prestan a la simplificación y otros que no. Este es de los segundos, de los que requiere análisis y rigor, equilibrio y algún compromiso. El de una ganadería hecha por ganaderos creo que es el mínimo que todos debemos compartir. 

Aurelio Martín González
Portavoz de IU Xixón y Ex consejero de Medio Rural y Pesca